• Libros: Gato Barbieri – Un sonido para el tercer mundo

    Por Gabriel Reymann

    Una de las fuentes que más veces cita Sergio Pujol para su biografía de Leandro ‘Gato’ Barbieri (1932-2016), Gato Barbieri – Un sonido para el tercer mundo, es la autobiografía del trompetista italiano Enrico Rava, Incontri con musicisti straordinari – La storia del mio jazz, y tanto en la misma acción de la cita como en el título del libro citado, hay una buena doble entrada para empezar a captar algunas puntas sobre la enigmática figura del saxofonista rosarino.
    Por un lado, la acción de la cita, porque es representativa de la esencia del libro; este volumen es una investigación, exhaustiva, que abreva en abundante bibliografía y entrevistas tanto hechas para la ocasión como de archivo. Y por el lado del nombre del libro de Rava, porque sería perfectamente aplicable a una descripción sobre la vida de Barbieri: podemos hablar de tenacidad, contactos -que debe haber favorecido su primera esposa Michelle, a partir del encuentro de ambos-, pero fundamentalmente de la propia capacidad y mérito artístico del jazzista para rodearse de varios de los mejores de su época y ser reconocido por ellos como un par, durante décadas y en diversas latitudes.

    Jazzista, y algo más: hay ahí otra idea clave, central al libro de Pujol. Salvando las distancias artísticas, como Miles Davis, Barbieri empujó los límites de su música hasta situarla en un lugar en el que quizá pudiera no ser llamada jazz. También hay allí otro factor en común con cierto momento de la carrera del autor de Kind of Blue: Barbieri -pese a su perfil discreto y bajísimo- logró llegar a ser una suerte de figura pop[i] -y cool, hip, como quieran decirle- de su época. Esto se puede encarnar puntualmente en su asimilación como personaje de los Muppets de Jim Henson, como así también en términos generales, su llegada al público joven, del rock, que curtiese Beatles, Dylan o Grateful Dead[ii].
    Pujol considera a Barbieri un músico pop, de hecho, y no hace falta esperar a sus discos más accesibles de la segunda mitad de los 70’s para denominarlo así: lo que actúa es el dispositivo del espectáculo de los 60’s ya, con la tele en el “primer mundo”, o el mismo zeitgeist warholiano. A generaciones posteriores de figuras públicas como Diego Maradona el reflector los estará acompañando casi desde el inicio; la de Barbieri será una generación que se irá acomodando y surfeando sobre este entramado de los medios masivos de comunicación.

    Barbieri como personaje de Alack Sinner, de Muñoz y Sampayo; bueno, ellos también
    como personajes, representados como los músicos que lo acompañan.

    ¿Qué hay referido en lo estrictamente biográfico al saxofonista? Salvo por los vaivenes y desplazamientos (Rosario, Buenos Aires, Roma, New York) que favoreció la práctica de su música, es una vida poco aventurera. Marco familiar contenedor (incluyendo tío y hermano músicos, como buen puntapié de lanzada), la pasión por Newells Old Boys, su adscripción política/ideológica al comunismo, la relación de pareja de más de tres décadas con su esposa Michelle -que también oficiaba de suerte de representante/apoyo de producción-. ¿Excesos? Cocaína recién bordeando los 50 años de vida, “tarde”.
    Lo que refleja Pujol es un entusiasmo total y absoluto por la música -que quizá pueda tomarse un poco como refugio ante su tartamudez- y la mediación de esa pasión por las condiciones materiales, esto es, las sucesivas metamorfosis del jazz de los 50’s en adelante. Del clarinete como instrumento inicial al saxo alto, por su descubrimiento de Charlie Parker; del alto al que fue su refugio definitivo, el saxo tenor[iii], por el descubrimiento de John Coltrane y Sonny Rollins.

    Show (incompleto) de Barbieri y su grupo en el legendario festival Montreux, en 1971;
    esta performance es la base del disco en vivo llamado El Pampero

    Esas condiciones materiales -o, mejor dicho, su lectura- son también las que posicionarán a Barbieri a nivel internacional tras su desembarco en Italia en 1962. Su capacidad para entender la new thing, o el lenguaje más “free”, es la que de a poco lo llevará a codearse y grabar discos con pesos pesados tales como Don Cherry, Charlie Haden o Carla Bley. Y ese encuentro con figurones post-llegada a Europa no se limitará a la música: el encuentro con el notable cineasta brasileño Glauber Rocha disparará inquietudes en el rosarino acerca de la búsqueda de un lenguaje propio -latinoamericano, sin prescindir del free jazz, pero sin estar relacionado estrictamente con el latín jazz[iv]-. De asimilar con total solvencia lenguajes no-propios, como el bebop, o el free jazz, Barbieri pasará a funda(i)r una retórica -principal, pero no excluyentemente musical- latinoamericanista, de patria grande. De la misma manera que era imposible disociar al free jazz estadounidense de su contexto social (la izquierda y los derechos civiles de su país, África como patrimonio histórico), Barbieri, de a poco, y a partir de discos como The third world (1969), irá forjando una Internacional Latinoamérica del Sonido[v], que encontrará su esplendor, en lo que muy probablemente sea el cenit artístico de su carrera, los cuatro Chapters (Latin America, Hasta Siempre, Viva Emiliano Zapata, Alive in New York[vi]).

    Esto es indescriptible: en una terraza de New York, John Abercrombie, Jorge Cumbo, Paul Motian y Domingo Cura -entre otros- tocando juntos. Fragmento del documental Jazz is alive and well in NY

    Tras los cuatro Capítulos, y a partir de discos como Caliente! (1976), el proceso artístico de descolonialización artística y política por parte del Gato Barbieri se va a desenganchar: nunca dejará de adherir a la izquierda[vii], pero, como tantas actores y actrices de la música por aquella época, adoptará formas menos radicalizadas en su arte. De afuera, a simple vista parecería una simple transigencia musical pasar del free jazz de tintes latinoamericanos al smooth jazz, el pop y el soul[viii], una transa de tranquilidad facilitada por el paso de los años y la búsqueda del éxito comercial. Visto en términos macro, es solo una estación musical más. Pero ese músico que plasmaba registros de jazz ahora sí más literalmente pop, en sus actuaciones en vivo seguía siendo poseedor del registro enardecido de los años de juventud. Exhibiendo ese arco de supuestas contradicciones sin resolver, Un sonido para el tercer mundo se realiza perfectamente como biografía, mostrando las tensiones que habitan a cualquier ser humano, inclusive a uno de los representantes del arte argentino más importantes a nivel internacional del siglo XX.

    Gato Barbieri – Un sonido para el tercer mundo, por Sergio Pujol. Editorial Planeta, 384 páginas

    [i] Clave para llegar a esto fue la banda de sonido que realizó para el film Último tango en París, de Bernardo Bertolucci, y su enorme repercusión.

    [ii] Se podría decir que John Coltrane no llegó a capitalizar del todo ese público, por su pronto deceso. En Argentina, en los 70’s Arco Iris reivindicaba la figura de Barbieri, ya asentado ver en EE UU. Ver “Arco Iris. Tiempo de resurrección” en Que cien flores florezcan de Norberto Cambiasso, de Editorial Gourmet Musical, 2018.

    [iii] No hay que perder de vista que a ¡nivel mundial! Barbieri fue uno de los tenores más importantes post-Coltrane. Pharoah Sanders, Wayne Shorter, Archie Shepp, y Barbieri, de mínima, en pie de igualdad con todos ellos.

    [iv] Un sincretismo muy particular, que en los papeles quizá sonase raro, pero funcionaba: folklore andino, samba brasileña, tango (su versión de “El día que me quieras”), folklore argentino (“El arriero”).

    [v] Otra vez más: en discos como Third World o Bolivia, lo acompañan cracks como Abercrombie, Haden o Lonnie Liston Smith, entre tantos otros. Pero a no desestimar a los Chapters, con Domingo Cura, Dino Saluzzi, Ricardo Lew u Osvaldo Berlingieri, solo dentro de los músicos argentinos.

    [vi] En los tres primeros capítulos, cada uno “recorre” musicalmente una zona distinta: Argentina-Chile-Bolivia para Encuentros, Brasil para Hasta Siempre, Cuba -no México- para Viva Emiliano

    [vii] El título de su disco Che corazón de 1999 se presta a más de una interpretación.

    [viii] Vale decir que ya en los 60’s Barbieri escuchaba Marvin Gaye, por dar un nombre puntual.

  • Comics: Así mataban, geografía del genocidio vol. 1 – ¿Cómo se le habla al desaparecido?

    Por Gabriel Reymann

    Pienso en Antígona, el drama de Sófocles de ¡441 a.C.!, y todo el periplo de la protagonista por poder dar una sepultura pertinente a los restos de su hermano. Pienso en las palabras del polémico Rodolfo Galimberti [i]: “(…) No, la tortura no es lo importante (sic), lo criminal que hicieron los marinos fue a asesinar a prisioneros indefensos (…) Fue absolutamente innecesario, producto del terror que ellos tenían”.
    Son dos puntas no tan usuales para empezar a pensar alrededor del Proceso de Reorganización (¿qué?) Nacional (¿qué?), Argentina 1976-1983, que se lo ha pensado mucho, y se lo seguirá haciendo, pero como lo prueba la -tristísima- actualidad argentina, nunca es suficiente. Un buen aporte en la historieta referido al tema[ii] es el proyecto capitaneado por el guionista Héctor Bellagamba, junto a un grupo surtido de dibujantes en 2023, y lanzado por Editorial El 23: Así Mataban: Geografía del genocidio – La Plata, Berisso y Ensenada.

    Gerardo Canelo

    El título del volumen reza “volumen 1”, y, afortunadamente, por estos días se ha confirmado la próxima publicación del volumen 2. La elección de la zona de influencia no es arbitraria: en La Plata nace la CNU (Concentración Nacional Universitaria), suerte de comando paramilitar de extrema derecha previo a la Triple A, que, de hecho, terminará siendo absorbida por ella. Y ahí está el meollo de la cuestión, porque si bien el centro tonal indiscutible del libro es el Proceso y su violencia estatal, el tema de fondo para los autores son las continuidades represivas y de lesa humanidad (de obreros, de disidencias políticas, y políticas no partidarias), pre y post Dictadura.

    Ezequiel Rosingana

    El plantel de dibujantes que acompaña reúne un puñado de condiciones en común: todos hombres, todos ellos con bastante trayectoria a sus espaldas ya, y lo más importante de todo, todos ellos con un piso muy alto de solvencia visual y narrativa[iii].
    La salva inicial la da el relato “Buen pibe, el rubio”, con los dibujos de Gerardo Canelo (¡nacido en 1940!), con una impronta de trazo muy dinámica y depurada (aires del recordado Walther Taborda, quizá) y un trabajo de secuenciación que da en el centro del blanco: plantado de página, sabio uso del planteo del silencio en las viñetas, matices de encuadres. La historia en sí carga las tintas sobre, ya saben, la banalidad del mal: la obediencia debida, los que ejecutaban las órdenes, que eran todavía más brutos, ignorantes y codiciosos que sus jerarcas, si es que tal cosa fuese posible. A este respecto, aconsejo visitar el texto de Osvaldo Lamborghini “Se equivocaban de departamento”, que dialoga perfectamente con esta historia e ilustra con precisión y ponzoña típicamente lamborghiana el caleidoscópico catálogo de escorias que constituía el Ser de los militares del Proceso.

    Algo de esto se traslada a “Chaco”, otra de las historias más destacables del tomo, con dibujos de Enri Santana. Los “daños colaterales” y su mamushka de crueldad y estupidez -no excluidas la una de la otra, ¿de dónde me suena esto? – alumbran una síntesis extraña, suerte de Kafka meets los hermanos Coen; con nada de gracioso al respecto, desde ya. El dibujo de Santana -con dosis homeopáticas de influjo manga, muy dinámico y expresivo- dialoga de manera curiosa también, con lo brutal de los sucesos, sin llegar a producir una sensación de ironía o elemento fuera de lugar, vale decir.
    Muy atinado en el enfoque del libro es, por un lado, apuntalar con testimonios y/o documentos intercalados entre relatos, y, por el otro, establecer que la cuestión con la última dictadura cívico-militar no pasaba por exterminar a la guerrilla: las mismas cúpulas militares no eran más que peones descartables del poder real económico, mano de obra muy barata que vino a hacer “lo que tenía que hacer”. La “lucha contra el marxismo/subversión”[iv]  y sus derivados, solo excusas para el disciplinamiento y domesticación de la expresión política de una generación, y eso excedía (por mucho) a la lucha armada, agrupando sindicalistas, estudiantes, curas y, especialmente, obreros[v]. Codo a codo junto al empresariado y los militares en la planificación y ejecución de la abyección, se hallaban las cúpulas de la Iglesia Católica argentina, y ahí está “Mal ejemplo”, (muy bien) ilustrada por Fabian Mezquita en un estilo sintético, realista y plástico al mismo tiempo.

    Fabián Mezquita

    Quizá las historias más fuertes sean justamente las que están apuntaladas por estilos gráficos más impactantes. A “La casa de los conejos”, le toca en gracia las aguadas del recientemente fallecido Marcelo Basile (que intercala sabiamente en las viñetas sellos del Ministerio de Seguridad en la narración de la “operación” que comanda Ramon Camps).
    La otra carta fuerte, a todo nivel, es la que cierra el libro: “Miguel Bru”, con Edu Molina en dibujos. El estilo crudo, brecciano (y mc keeveresco, porque no) grabadístico del creador de Animal Urbano, calza como un guante en la reconstrucción del caso del joven desaparecido ya en democracia, en la ciudad de La Plata en 1993.
    Como detrás de la desaparición forzada de una persona en particular, no puede haber plan sistemático de desaparición de personas, la copertenencia con el Proceso a la que tenemos que atender es otra. Es su herencia dentro del cuerpo de la Policía (Bonaerense encima, “la mejor del mundo”), como un hatajo de animales cebados por su ‘poder’ y su posterior impunidad, y, algo por lo que los influencers de la alt-right local no pueden balbucear respuesta alguna: el pacto de silencio.
    Todos aquellos -ahorro epíteto- que discuten cifras de desaparecidos, para reducir la tortura a embarazadas, el secuestro de recién nacidos y el ocultamiento de su real identidad, el robo de propiedades (tan admiradores de la propiedad privada ellos, justo) y demás, a una cuestión numérica cuantitativa: el número a ciencia cierta no lo sabemos, porque un grupejo de pusilánimes, despreciativos de su Patria y de su pueblo, no puede tener siquiera un minimísimo resquicio de entereza para decir “yo hice esto, esto otro y aquello”, eligiendo llevarse el secreto a la tumba, o, en algún caso, al inodoro de una prisión.

    Marcelo Basile

    [i]  Galimberti, de Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, 2011, Aguilar (hay ediciones posteriores corregidas y aumentadas, cito la que tengo en mi poder). Agrego el (sic) a la cita porque la tortura SÍ es importante.

    [ii] Otras lecturas recomendables de historieta al respecto, ambas por Historieteca Editorial: La niña comunista y el niño guerrillero, de María Giuffra (ya escribí sobre ella acá) y ¿Qué querés ser cuando seas grande? (también escribí sobre ella para Bache, acá)

    [iii] Probablemente a Sergio Ibañez y Ezequiel Rosingana no los hayan favorecido los efectos de grisados, pero son observaciones (muy) menores.

    [iv] Marxismo, inflación, déficit fiscal. ¿Argentina 1976? No, ¡Argentina 2026!

    [v] Estos últimos representan el 30% de los desaparecidos estimados. EL COSTO LABORAL MUY CARO.

  • Poesía: Juan Gelman – Viendo a la gente andar, ponerse el traje

    Viendo a la gente andar, ponerse el traje,
    el sombrero, la piel y la sonrisa,
    comer sobre los platos dulcemente,
    afanarse, correr, sufrir, dolerse,
    todo por un poquito de paz y de alegría,
    viendo a la gente, digo, no hay derecho
    a castigarle el hueso y la esperanza,
    a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día,
                                                                                   viendo, sí,
    cómo la gente llora en los rincones
    más oscuros del alma y sin embargo
    sabe reír y sabe andar derecho,
    viendo a la gente, bueno, viéndola
    tener hijos y esperar y siempre
    creer que van a mejorar las cosas
    y viéndola pelear por sus riñones,
                                                                                   digo gente,
    qué hermoso andar contigo
    a descubrir la fuente de lo nuevo,
    a arrancar la felicidad,
    a traer el futuro sobre el lomo, hablar
    familiarmente con el tiempo y saber
    que acabaremos y de una buena vez por ser dichosos,
    qué hermoso, digo, gente, qué misterio
    vivir tan castigado
                                   y cantar y reír
                                                                   ¡qué asunto raro!

    Publicado originalmente en Violín y otras cuestiones (1956)

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  • Música: Playlist – 40 a los 40 (1986)

    Por Gabriel Reymann

    40 años y 40 tracks para 1986, finalmente.
    En la música pesada, esto es casi sinónimo de thrash metal; ahí están para graficar dentro de la playlist temas de discos emblemáticos de Megadeth, Metallica, Slayer, Destruction y Kreator -a la vuelta de la esquina, al año siguiente ya, empezaban a vislumbrarse otros horizontes-.
    Aun dentro del heavy metal, Iron Maiden se mantenía en un momento de relevancia, Yngwie Malmsteen transitaba sus años de mayor trascendencia con su heavy neoclásico, y, at last but not least, la banda con la cual se utilizó por primera vez el término ‘metal progresivo’ -Queensrÿche, ellos son- editaba uno de sus esfuerzos más difíciles de encasillar.

    Ah, los Butthole Surfers!

    Progresivo: término bastante denostado aun en 1986, pero sin dudas ese es el espíritu que va a motorizar a cierta estirpe de art rock que estaba consolidándose por esos años. Hijos del folk inglés de los 70’s, Robert Wyatt, Miles Davis, Roxy Music/Eno, King Crimson, Can y diversas expresiones previas de música popular vanguardista, ahí aparecen David Sylvian y Talk Talk (y en un camino paralelo, quizá, también XTC).

    Depeche Mode

    Con mayor presencia en las radios y canales de videos de música, pero también es art rock el que profesaban Paul Simon y Peter Gabriel, este último, ahora sí, conociendo su consagración comercial como solista. Ambos van a ayudar a imponer en las bateas de las disquerías la curiosa etiqueta de ‘world music’, dirigida mayormente a la música africana, no sin ciertas polémicas (acusaciones de vasallaje colonialista, y, en el caso de Simon, de romper el boicot al apartheid aún vigente en Sudafrica).

    Sonic Youth

    Y para ese año poco quedaba del hardcore/punk americano de la primera mitad de la década: con los Misfits ya separados hace unos años, en el ‘86 hará otro tanto Black Flag, será el turno del último disco de Dead Kennedys con Jello Biafra, y Bad Brains ya en otra cosa, mucho más multicolor -que va a derivar en funk metal, rock alternativo y la cultura del viejo Lollapalooza-.
    Es así mismo el año del hip hop pisando fuerte con un hit (Run DMC y su yunta con Aerosmith), el vuelco definitivo de Sonic Youth a las canciones, y, por supuesto, muchas corrientes más que encontrarán en la playlist.

    Favoritos de la casa: The Smithereens.

    En Argentina: claro, Oktubre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, así como también Sumo, Soda Stereo y el comienzo de su proyección latinoamericana, Sumo, debuts de La Sobrecarga, los Cadillacs, Ratones Paranoicos, y -con delay- Los Encargados, la despedida de Los Abuelos de la Nada y V8.

    Swans

    Algunos bonus tracks que no entraron en la playlist:

    Y claro, la playlist:

  • Poesía: Ricardo Zelarayán – Aire sordo (segunda versión)

    Lenguaraz, flor de buche. Lenguaraz, piedra arisca. Agua
    agitada cuentera. Lenguaraz, buitre.

    A no aflojar gota. Al final, triste derrame en la seca. Soltarse,
    airearse, moverse. Lo otro es derramarse. O pan con pan:
    alambre de púa en tunal.

    Tropel de sordos atropellando los árboles. Piedras se empollan
    eternamente.

    Y árboles mendigueando entre las piedras flojas en la arena.
    Arena tortuga hasta que el viento arremete.

    Y ya no hay sombra que valga. Adiós al viento salado o dulce
    que nunca hizo sombra y la voltea.

    Boca-buche. El fuego guacho se enrosca en los colmillos. Se
    acabaron los filos sin sombras y las sombras sin filos.

    Ver por ver. Desde mientras, desde desde. Piedra al fin, boca
    de arena.

    Quiebra que quiebra y no se oye.

    Publicado originalmente en Roña Criolla (1991)

  • Comics: Pandemonia – Si requieres su monumento, mira a tu alrededor

    Por Gabriel Reymann

    De una obra de teatro de la autoría de Jean Paul Sartre provino la frase “el infierno son los otros”, y, si bien su significado no era literal, como la lengua popular todo lo resignifica, esa fue la interpretación del enunciado que terminó primando. Pero ya que estamos por la senda de la literalidad, aumentemos la frase a “el infierno son los otros Y UNO MISMO”. El guionista Diego Agrimbau, junto a uno de sus cómplices más tenaces, Gabriel Ippóliti en dibujos, nos ofrecen Pandemonia, con edición reciente en Argentina a cargo de Hotel de las Ideas, para mostrarnos nuevas vías para llegar allá al horno donde nos vamos a encontrar.

    Es difícil registrar el momento exacto en el cual pasamos a hablar de neoliberalismo (capitalismo como única vía posible, que ya ni quiere entregar “migajas”) a… otra cosa, que no pocos llamarán “tecnofeudalismo”, y yo preferiría denominar “monotributización de la experiencia”: un capitalismo precarizado que ya ni siquiera ofrece un cierto confort, o estabilidad, por el cual vender el alma, y (el refuerzo de) un discurso único como andamiaje ideológico de ese deterioro perenne, que recupera y mezcla en el mismo tacho, filosofías milenarias junto con bazofias seudo espirituales -ya saben: vos podés ser tu propio jefe, si sucede, conviene, y demás eslóganes que establecen implícitamente que las condiciones están dadas, no sea cuestión que vayas a pensar que tu problema es colectivo, y no individual, and so on and so on-.
    Nuestro protagonista -no héroe, villanísimo– de Pandemonia, Uriaki Posta, es básicamente uno de los típicos exégetas de esta ideología cualquierista pro status quo: es un gurú de charlas motivacionales, pero lo podríamos enviar al mismo lote de la neurociencia, el coaching ontológico y mejor paro acá.
    Posta tiene un accidente fatuo -se atraganta con una aceituna-, se muere y el precio a pagar por sus obras en vida lo lleva al Infierno, aunque él esté totalmente convencido que eso sea una decisión injusta.

    De allí se abren las dos ramificaciones de la trama de Pandemonia, no tan paralelas: este entrañable estafador -en su máxima expresión, no solo acotado a las charlas motivacionales-, y su periplo infernal para demostrar su inexistente inocencia, y, por otro lado, el desarrollo de un conflicto palaciego y burocrático en el Inframundo.
    Uriaki es, en efecto, un convencido de su no culpabilidad, aun cuando ubicado en el banquillo del juicio lo confronten con su larguísimo historial de timos de toda índole, cuélguenle el cartel que más crean adecuado: psicópata, narcisista, una cáscara vacía. Si hablamos de banalidad del mal, este sería en efecto un nuevo avatar de esa condición; más allá de la capacidad para manipular, no hay en su razonamiento un brillo especial o un deseo específico de causar daño[1].
    Hay en los tironeos políticos del Infierno (dirigenciales, ¡sindicales inclusive!)[2] una parodia muy efectiva, elusiva de lugares comunes) de ciertas precarizaciones y laberintos sin salida estatales típicamente argentinos, así como también de esa ineficiencia en los queridos privados, las empresas. Aparte de la resolución del relato, el lugar donde realmente convergen los dos afluentes argumentales es, -en medio en chiste, medio en serio-, en la posibilidad de deslizar la pregunta sobre si no hay nuevos comportamientos surgidos de la interfaz virtual (Internet + redes sociales) que ameriten una revisión de las autoridades a cargo del Averno de los criterios de admisión de las instalaciones (nuevos pecados, bah).  

    Cómplice de Agrimbau tenaz, y de los más talentosos también: ese es Gabriel Ippóliti. Aun tratándose de una obra que reparte su peso entre el guion y la trama -pero en la balanza termina incidiendo más la primera, o sea, lo que se dice-, el aporte gráfico-narrativo del rosarino para la presentación de Pandemonia es sustancial.
    Partiendo de una paleta cromática opaca, poco saturada -lo contrario de lo que uno esperaría para representar una historia infernal-, el dibujante crea a un montón de personajes, cada uno con sus rasgos físicos distintivos, sea esto una panza prominente, una nariz fina, o un par de tetas caídas. Hay también un especial cuidado en la construcción de ambientes y locaciones decadentes, a la manera de un Enki Bilal algo más controlado y menos post apocalíptico.
    No menos importante es el plantado narrativo, muy generoso en rotación de encuadres, puntos de vista (y de fuga), montaje entre “sonidos” (textos) y campos visuales no concordantes, construcción de la temporalidad y espacialidad a través de profusos zooms in y out, entre muchísimos otros recursos que evidencian un entendimiento profundo de la gramática del medio por parte de ambos autores.

    Tiempo hace ya, bastante, que la cuestión humana trata de explotadores y explotados, y a mayor desarrollo técnico de las civilizaciones, mayor importancia tendrá el lenguaje en la validación cultural de esa explotación[3]. Phishing, estafas piramidales, o granjas de bots para manipular procesos electorales, son tan solo nuevas pieles para viejas ceremonias. Y detrás de eso, no hay cuernos ni colas ni azufre, ni siquiera moral: son solo negocios, mi amigo. Pandemonia, en algo más de setenta páginas, es un fresco muy divertido e inteligente -sin carga de solemnidad alguna- de todo es(t)e reverendo quilombo.

    [1] Inevitable hacer cierto paralelismo con el Jordan Belfort de El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, aunque más no sea por tratarse de la historia del periplo de un cagador. Tampoco puedo evitar relacionar -no tengo del todo claro porqué, honestamente- también a Pandemonia con “Petty Crimes”, la historia corta de Howard Chaykin de micropolítica-como-infierno para la antología Batman: Black & White.

    [2] Pandemonia nace para el mercado francés, para la editorial Dargaud: no sé qué tanto entienden ellos de gordos protestando y tocando el bombo a los que se les ve la raya del culo, algo tan idiosincrático de la Argentina (y que no me molesta que sea así, por el contrario); es casi como si Enrique Breccia hubiera tomado la dirección que efectivamente encaró para El Sueñero, pero aun publicándola para Toutain. Pandemonia NO es El Sueñero, no tiene sus pretensiones, vale aclarar.

    [3] La completa aceptación de esos términos y condiciones por parte de los mismos explotados. “La batalla cultural”, como agita un hatajo de lúmpenes.

  • Cine: Tardes de Soledad (2024 – Albert Serra)

    Por Gabriel Reymann

    Hay algo ¿maravilloso? con la lengua moderna: piensen en el significado ‘tradicional’ de términos -hoy de uso muy cotidiano- tales como “historia”, “notificación”, “estado” y, bueno, el significado principal que connotan hoy día. Por eso, cuando en Tardes de soledad, el documental del español Albert Serra fechado en 2024, y centrado en la figura del torero Andrés Roca Rey, un integrante de su cuadrilla exclama “con qué verdá ha matao a lo’ do’ toro’” (sic), uno puede sentir que un vocablo ha sido recuperado, no en función de la mercadotecnia, sino en pos de la descripción de, epa, algo trascendente.

    Qué difícil que el objeto de trascendencia, en tiempos de hiper-literalidad de redes sociales, refiera a la tauromaquia, un ritual atávico impopular en estos días, pero así funciona efectivamente el film, y se debe rodear a los preconceptos sobre la práctica -y probablemente al visionado de la sangre en la pantalla, no escasa-.
    Efectivo es el documental en descorrer el velo del funcionamiento de ese rito: sacrificio de doble vía -toro y torero están en pie de igualdad ante el no-retorno[1]-, y al mismo tiempo totalmente asimétrico, porque así logre abatir o no el toro al torero, la muerte lo aguarda con total certeza.

    La puesta en funcionamiento fílmico de este amo en cosplay de esclavo, exhibe una destreza sobria, valga la paradoja: un conocimiento de los mecanismos intrínsecos del cine sin floreo exhibicionista alguno.
    En la construcción del plano -y su montaje- es en donde probablemente mejor se aprecie ello: en los momentos en la arena -que dominan la mayor parte del metraje-, el plano se cierra sigilosa y discretamente sobre toro y Roca Rey, también dominando con maestría el fuera de campo. Los intersticios entre toreo y toreo dan mayor lugar a la cuadrilla -visiblemente incómoda ante la presencia de una cámara, como el propio Roca Rey, quizá-; esos paréntesis otorgan mayor preponderancia tanto a la parte protocolar y ceremonial del asunto, como al tiempo muerto en sí.
    Esa dialéctica temporal también puede llevar, si se quiere, a la dialéctica cromática del film: en las habitaciones de hotel, los lobbies, el dorado del lujo y la pompa. En la plaza de toro, persiste el oro[2] en la arena y -los bellísimos- atavíos del torero, y se encuentra con el vívido rojo de la sangre.
    El concepto austero, también se traslada al sonido, que podría tildarse de bressoniano, inclusive: poca -pero atinada- música incidental (Sibelius, Saint-Saëns y un acertado uso de “Embrionic Journey” de Jefferson Airplane), y mayor énfasis en el sonido del foley. Allí actúan casi como leitmotiv las indicaciones de la cuadrilla[3], los “ole”, y, sobre todo los “toro, toro” de Roca Rey, su señuelo oral para el asesinato a corta distancia.[4]

    Roca Rey realiza el sueño kurtziano de ser caracol deslizándose sobre el filo de la navaja para sobrevivir. Pero poco espacio hay para nihilismo o vaciedad alguna en Tardes…; un poco a la manera del legendario documental de Werner Herzog, El gran éxtasis del escultor de madera Steiner, lo que hay en la película de Serra, es la exteriorización de la interioridad de un ser, mediante un momento de gran despliegue físico. Y eso, así sea o no un instante cargado de violencia y carácter sacrificial, no deja de tratarse de la circunstancia de un humano encontrándose con, sí, La Verdad, Su Verdad.

    Tardes de Soledad, 2024, España, 125 minutos. Dirección de Albert Serra, protagonizada por Andrés Roca Rey.
    Del 12 al 20 de febrero se exhibirá en la Sala Lugones del Teatro San Martin, Capital Federal, Buenos Aires. Horarios aquí.


    [1] Bordeando el punto de la comunión entre ambos: podemos hablar de blend de sangres humana y taurina.

    [2] La paleta del film está (sabiamente) exacerbada, también. Artificio y potencia.

    [3] Vale decir que también hay escaso texto o diálogo per sé en el film.

    [4] Y puede que la composición -y sucesión- del plano actúe sobre el espectador con el mismo magnetismo que torero lleva al toro, casi una Tierra orbitando alrededor del Sol.

  • Música: Discos del 2025

    Foto de portada: Geese, por Lewis Evans

    Por Gabriel Reymann

    Ha sido un largo camino a la cima…pero no tanto para el rock n’ roll, porque aquí hay apenas algo de eso, en verdad. Va un listado de veinte discos lanzados en 2025 -entre lo curioso, lo interesante, lo fallido y lo muy logrado-; creo que, en estos últimos veinte días al menos, escuché otros veinte discos, tratando de surfear en igual medida la (propia) avidez de novedades, y, no pocas veces, la apatía en la escucha.
    Como último comentario antes de pasar a los discos propiamente dichos: casi todo aquí está en link de Spotify, pero prioricen Bandcamp u otras plataformas, de poder hacerlo (ni hablar de poder comprar discos en formato físico). Va la lista, en distintas categorías:

    SE ME VA LA VOZ

    Throwing Muses – Moonlight Concessions

    El grupo con Kristin Hersh al frente siempre tuvo algo un poquito más allá de lo estrictamente (punk)rock. Este es un esfuerzo particularmente folkie (muchas guitarras acústicas, percusión, violoncello en no pocos temas), sin llegar a ser algo purista/roots, tampoco. Si para parentescos, piensan en el MTV Unplugged de Nirvana, Mazzy Star, o las Raincoats (claro), pueden estar bien encaminados.

    Liliana Herrero – Fuera de lugar

    Y el paraguas común a estos dos discos tan disímiles entre sí, es que tanto a Hersh como a la litoraleña se les nota mucho el paso del tiempo en la voz; también se trata de registros de instrumentación predominantemente acústica, vale decir. Hay invitadas aquí (Lidia Borda, Susy Shock), en un registro discográfico, apagado, pero anhelante: ver el adelanto “Aguafuerte”.
    No quiero sustraerlo de su contexto (la muerte de su compañero Horacio González, presente mediante su voz en un track, Argentina/el mundo), pero tampoco caer en la gacetilla, lo cual le haría un flaco favor.

    SONIDO MONSTRUOSO, PESADO-PESADO

    Iron Lung – Adapting/Crawling

    Hace años que los grupos extremos/hardcore, al querer ponerse algo más intelectuales, digamos, recurren a dos o tres casas seguras. El dúo, guitarra/voz y batería, de powerviolence (género suerte de primo hermano del grindcore) de Seattle, va a dos de esas casas: la disonancia de Voivod y/o Swans década 80’s, el espacio negativo de esos últimos. 18 canciones en 20 minutos, funciona.

    Imperial Triumphant – Goldstar

    Regreso del trío de black metal neoyorkino, sin demasiadas vueltas de tuerca en su sonido, más allá de invitados en el disco (como Tomas Haake o Dave Lombardo), y la profundización de esta estética decadente[1] sobre el Art Decó de su ciudad, que ya venían perfilando de discos anteriores. Aun sin innovar demasiado, es notable el aspecto compositivo e interpretativo del grupo: destaco la fascinante construcción del fraseo rítmico-armónico en la guitarra de Zachary Ezrin, y, en especial, la rítmica elástica que le da al grupo el bajista Steve Blanco, en especial a través de un pedal de wah wah, y sus arreglos melódicos pero escuetos, un poco a la manera de Steve Di Giorgio en Death.
    Tocan en Argentina en enero 2026, adivinen quien se los pierde.

    (SOUND)WORLD-BUILDING

    Kieran Hebden – William Tyler – 41 Longfield Street Late ‘80s

    Una de las cosas que personalmente me fascinan de (grandes) grupos de los 70’s como Soft Machine, o Faust, es esta voluntad por crear (o bien encontrar) sonidos. Hebden de Four Tet en electrónica y el guitarrista Tyler (acústicas y eléctricas) buscan y encuentran en lo aural puro, sin caer en abstracciones, y también saben cómo poner esos resultados en marcha. Es un disco conciso, agradable sin ser complaciente, y, justamente, es un disco, una unidad que va de A a B. De lo mejor del año.

    Juana Molina – DOGA

    Primero las “contraindicaciones”: es un disco largo (casi una hora), y hay que ver cómo reacciona cada uno a la voz de Molina (a mí me cuesta, debo decir). Dicho eso, aquí sí que hay creación y búsqueda de sonidos, eh: los drones tras cortinas de “uno es árbol”, el final de globo desinflado de “rina soi”. Aun con mis objeciones (y el tono árido que posee[2]), he aquí un disco al cual volver.

    Giant Claw – Decadent Stress Chamber

    Construido en instrumentación propia y ajena (muchos samples de t.A.T.u. o Selena Gómez, por ejemplo), Decadent… es un collage muy de laboratorio, un pop mutante de sonido gigantesco, y con no pocos alambres de púas. De alguna manera, esto es hauntología musical: es un decurso, ecos de un pasado que no fue.

    SAGRADO CORAZÓN

    Heinali/Andriana-Yaroslava Saienko – Гільдеґарда

    Los ucranianos Heinali (Oleh Shpudeiko) en electrónica y Saienko en voz, acometen composiciones de Hildegard Von Bingen (sí, la misma que cita Rosalía). El disco es una suerte de primo espiritual del In der gärten Pharaos de Popol Vuh, sin imitación alguna. Heinali aporta colores (arreglos) muy interesantes, pero la performance de Saienko brilla y afecta.
    Ya que estamos en temas sacros: Birthing de Swans, aun con sus dos horas, debe ser el mejor disco de Swans desde 2010… y ya que estamos con la española, también…Lux no es ni una obra maestra, probablemente tampoco un disco mediocre. Es notable el gesto, la pretensión (en el buen sentido) desde su lugar de super mega estrella, pero los resultados no están a la altura (del bombardeo mediático-bélico). Para críticas de Lux por parte de gente que admiro (y sabe muchísimo más que yo, no solo de música), vayan a Abel Gilbert (negativa, o no tan positiva) y Diego Fischerman (positiva).

    ENCUENTROS FORTUITOS SOBRE LA MESA DE DISECCIÓN

    Pyramids – Pythagoras

    Volvió la siempre atendible[3] banda de black metal estadounidense de Rich Loren Balling. Después de 10 años. Con un disco que fusiona black metal, shoegaze y neo perreo. Teniendo en cuenta la capacidad del black metal para fagocitar casi cualquier cosa, no debería sorprendernos.
    Los resultados no son homogéneos, o sea que el registro básicamente adolece de puntería. Donde sí cristaliza todo, es en el corte adelanto “Fools gold (mi vida ha ido pa atrás)” (sic), con samples de, , Rosalía, que, créanme, logra conjugar atmósfera, gancho y, er, flow.

    caroline – caroline 2

    Post-rock… ¿o indie progresivo? Los fans tradicionales del progresivo lo detestarían, la muchachada indie… gustaría del disco, pero medio de compromiso. Mucha estructura no lineal, un carácter oblicuo, angular, una dinámica deshilachada, pero… instrumentos de cuerdas, arreglos de voces (humanas y de vientos), o una búsqueda como la de “total euphoria”, con la contraposición rítmica de, por un lado, voz y batería yendo derecho, y la guitarra desincronizada, entrando y saliendo por el otro. Otro que va a lo mejor del año.

    Carminho

    HERMANA, SUBE A NACER CONMIGO

    Hannah Frances – Nested in Tangles

    Atención acá: cantautora folk estadounidense, bastante (mucho, ok) de Joni Mitchell, algún eco del folk indie más refinado (Fleet Foxes, claro) … y no poco de Gentle Giant (el tema que da nombre al disco), algún aire al Crimson circa Lizard, y un tono que me recuerda a un favorito personal, C de Rex (1996). Otro disco con composiciones logradas que invitan a volver.

    Mary Halvorson – About Ghosts

    Quizá no sea lo mejor de la guitarrista yanqui de jazz, pero ya solo sus logradísimos arreglos/voces de vientos hacen que amerite una oída.

    Carminho – Eu vou morrer de amor ou resistir

    Esto ya parece Espectros de Rosalía, su disco no está elegido, pero está presente a través de varios que sí; Carminho, la cantante portuguesa de fado, es una de las invitadas de Lux. Su acercamiento al género musical emblema de su país no es ni tan clásico ni tan moderno, por lo cual puede ser un buen punto de entrada para quien no haya escuchado nunca fado. Ella, como cantante, es realmente personal (me repito con mi comentario sobre Beth Gibbons el pasado año: le noto inflexiones vocales a lo Sandy Denny).

    TEXTOS DE GOCE

    Jules Reidy – Ghost/Spirit

    Guitarrista trans (hombre), australiano, con base en Berlín. Pasa mucho musicalmente en este disco, de veras: voces y guitarras con timbres corridos (Autotune en el primer caso, pero no para corregir errores de afinación), composiciones fracturadas (cierta escuela yanqui de fingerpicking y su descendencia en Gastr del Sol), microtonalidad, puede que algo de glitch. Los resultados son de veras logrados, pero la escucha es realmente exigente.

     Lyra Pramuk – Hymnal

    Cantante trans (mujer), yanqui, también basada en Berlín. Loops de cuerdas, ella en la voz (tratada a veces, con un carácter a veces, epa, uterino), poca percusión, todo muy cíclico y con una pátina de exuberancia. En este esquema “DJ/espíritu electrónico + formación clásica”, se puede hacer alguna comparación conceptual con Laurie Anderson y Arthur Russell (y fuera de ello, puede que con Meredith Monk). Tanto Ghost/Spirit como Hymnal son discos desafiantes, y que hasta puedan descolocar al oyente, pero brindan sus frutos y posicionan a dos artistas para seguir de cerca a futuro.

    AFROFUTURISMO (o por ahí)

    Amaarae – BLACK STAR

    Ah, no me pregunten que me llevo a reproducir este disco: del pop tirando a música urbana, todas las temáticas y recursos musicales (alteraciones vocales, bombardeo de beats, bombardeo vocal de trap) están acá. Pero es super infeccioso (la idea de “gancho” que asociamos hace rato -o asociábamos- con el pop), en especial en tracks como “ms60”, “Kiss me thru the phone part 2”, o “Fineshyt”. Es probable que vuelva a escuchar este disco -lo cual es bastante-.

    DJ K – RADIO LIBERTADORA!

    Un poquito de brazilian funk, no muerde, no. Mentira, sí que muerde. Es como si no hubiese pasado nada en términos de terrorismo afroamericano tras el Public Enemy de fines de los 80’s, y este tío hubiese recogido el guante -o al menos yo no me enteré, si ocurrió-. Es poco probable que vuelva a escuchar este disco.
    Dos de terrorismo afroamericano (hip hop/trap) que no entraron: REST IN BASS, de Che (arranca de manera muy estimulante y desafiante, para la segunda mitad se pincha, o me pinché yo), MUSIC, de Playboy Carti (al tercer tema ya había tenido suficiente).

    PERCUSSION BABY

    Ensemble Nist Nah – Spilla

    Ensamble liderado por el percusionista australiano Will Guthrie, con el gamelán de Indonesia como base de lenguaje. Como son casi todas composiciones propias, esto es bastante más disciplinado (neurótico) que la expresión folklórica cuasi-anárquica del gamelán auténtico: “Gerak Maju” tiene un ataque símil drum n’ bass, “Ghostly Klang” tiene un paneo alla “One on One” de Miles Davis, e inclusive se animan a una (lograda) versión del Art Ensemble of Chicago (“Uncle”).

    https://willguthrie.bandcamp.com/album/spilla

    YHWH Nailgun – 45 Pounds

    Cuarteto neoyorkino: voces, guitarra, electrónica, batería, no bajo. Battles como coordenada/categoría “electrónica y complejidad rítmica”, ok: afinidad con el math rock en general, podría ser Black Dice también. Hablando de NY, algo de no wave también por ahí, y ciertos tufillos a unos (grandes) deconstructores del rock: US Maple.
    Pibes que se ponen la remera del rock, pero del lado del revés. Diez temas en 21 minutos, pero no creo que pasen rápido, eh.

    JUVENTUD COLOSAL

    Geese – Getting Killed

    Ah, estos muchachines. Sus referencias no tienen mucho de llamativo o particular; llevan a cuestas con la biblia indie (Radiohead, Nick Cave, Nick Drake), pero tienen algo, difícil de demarcar. ¿Sentido del humor? Sí, y puede que los artistas mencionados no se caractericen por ello. ¿Expandir algo los límites? Puede, cierra “Long Island City here I come”, con la insistencia de Can. ¿Buena dinámica grupal? Sí, pero acá el centro es la voz de Cameron Winter, sus bríos (hay un aire a Mark Kozelek de Red House Painters ahí, por cierto). ¿Buenas canciones? Bastantes, créanme. Otros para seguir de cerca.

    [1] Leyendo por enésima vez “Rip it up…” de Simon Reynolds, no puedo evitar pensar en la estética lujoso decadente de IT como un reverso de la afición del new pop por el brillo y lo resplandeciente (Simple Minds y “Glittering Prize”, la tapa del simple de “18 Love Carat Affair” de “The Associates”, Spandau Ballet y “Gold”).

    [2] Pienso en el show que dio John Cale en marzo de 2016 en Buenos Aires. No exactamente industrial, pero…

    [3] Recomiendo especialmente A throne without a King (2011, junto a Horseback), y A northern Meadow (2015), casi como una apropiación de la estética de Blut Aus Nord.

  • Poesía: Juan L. Ortiz – Canta la calandria…

    Canta la calandria…canta…
    Toda criatura canta, no es cierto? canta para “ser”
                  [aún en el “misterio”,
                en el extrañamiento de sí…

    Canta la calandria, y de repente parece que halló
                  la deidad del “silencio”…

    Excedió el pajarillo, pues, el hálito
                                 de las ocho,
                        al no encontrar la respuesta
                                           cerca,
    y perdérsele en el gris las otras frases del minuto?

    Por qué calló entonces?
                    Alguien sufre…

    Nada asegura que la melodía
    pasó a “ser”, allá, allá, donde las perlas se
                                   [disolverían, y de donde, a la vez,
    se desprenderían las perlas…

    Pero vuelve…
                    y con qué dulzura vuelve… es la melancolía
                                      qué vuelve?

    Oh amor de diciembre,
                                   amor:
    dale el eco de una rama de ahí, o, si lo prefieres, del
               [confín,
                           para que no “sea” en ese “allá”
    antes de “ser” su “resonancia”, en el intervalo de “aquí”,
                                   aunque el aire deba sufrir, asimismo,
                [porque nadie, nadie,
                                            nadie pueda herirlo así…
                                            y quede en una suerte de molicie
                                              que se ilumina
    hasta arder en las cigarras y medir, intermitentemente,
    [con ellas,
                                                   los espacios, ya, de un arcángel…

    Publicado originalmente en «El aura de un sauce» (1970)

  • Comics: Pampa – Roña criolla

    Por Gabriel Reymann

    Esta sí que es Argentina: la que, por sus propias turbulencias económicas -eufemismo para el eterno retorno de garcas, endeudadores y saqueadores-, propicia el laburo for export de sus historietistas -no solo ellos, pero concentrémonos en eso-, pero que al mismo tiempo genera una reserva petrolífera de comics en la cual excavar a posteriori. La génesis de Pampa, de Jorge Zentner y Carlos Nine, data de más de veinte años atrás, pero su primera edición en el país de sus autores, ocurre en 2025, a través de Loco Rabia.

    El reencuentro de los dos autores[1] fue propiciado por el gran Miguelanxo Prado  en un festival de historietas realizado en La Coruña en 2002. Encuentro literal en esa ocasión, porque La adelantada… fue producto del contacto cara a cara entre los autores (inclusive pre-Internet, muchos colaboradores de historieta podían no conocerse personalmente), y del descubrimiento del interés común en trabajar en una historia sobre la pampa argentina[2], y en especial sobre el gauchaje y su convivencia con los malones aborígenes en el siglo XIX.

    Hay quien dice que no hay temas nuevos para relatar, sino, en el mejor de los casos, variaciones de los temas primigenios; es, de alguna manera, el caso de Pampa.
    La historia trata de dos tramas en paralelo y no tanto: por un lado, dos hermanos, Zenón y Cirilo Parra, con problemas de polleras, una cierta dinámica de Caín y Abel entre ellos, y un pecado original paterno -ok, maldición- que expiar.
    Del otro lado, está Bartolomé, un guacho -literal, es un huérfano- peregrino lanzado a dejar atrás al padre que lo crió, o sea volverse él Padre, con las debidas disculpas a Lacan.

    Hay allí disponible una potencia y potencialidad interesantes, una sustancia que, por ya transitada, no se convierte en obsoleta. Pero hay también un como muy atractivo en la presentación: Pampa es, a su manera, un gran poema épico. Si pensamos en poema + gauchos, el resultado de la ecuación podría dar Martín Fierro, pero no es el caso: puede que el espíritu metafísico del guion de Zentner esté más cerca de T.S. Eliot que de José Hernández. El texto tiene leitmotiv recurrentes que puntúan y ritman a la manera de un poema (el favorito de quien escribe: “Pachamama […] último puerto de los huesos”), y el propio Nine, desde el plantado narrativo, también aporta un fraseo visual/rítmico del relato.

    Nine, Carlos Nine (1944-2016), qué tesoro artístico que nos ha dejado la Argentina del siglo XX para la posteridad, o al menos hasta que se hundan los continentes.
    Alma de caricaturista, profesión noble si las hay, pero con un viraje hacia lo plástico, como no se haya visto en la historieta mundial, y vaya a saber uno, si por fuera del ámbito del comic se haya visto tampoco. Y ese plus plástico, en Pampa se luce como nunca: ecos maravillosos -con fuerza propia, ojo- se ven de Edvard Munch, Edgar Degas, Henri Toulouse Lautrec, entre los que se puedan apuntar rápidamente -no duden que son muchos más-.
    Es una obra del creador de Keko el Mago que muestra una gran soltura en lo gestual del trazo, que, dicho sea de paso, se construye tan frenéticamente en lo cromático, que se termina disolviendo en una tensión paradójicamente armónica[3]. Lógicamente, al tratarse de una historia situada en el campo, la paleta se maneja mayormente dentro de una gama de marrones (y ocres, y ámbares) y variedades terrosas.[4]

    Zenón musita “hacemos lo que podemos, es el destino”. Y allí en los tres actos de Pampa se explayan universales varios -la culpa, lo cíclico, el carácter imparable de las fuerzas de la Naturaleza-, dentro de una idiosincrasia local muy marcado -lo mítico, lo irracional, en el buen sentido, de las leyendas populares, la tracción de lo simbólico, lo cíclico, pero de las inequidades-.
    Si había alguien indicado en 2002 para trasladar esas mismas tensiones y diálogos a la representación gráfica de Pampa, era Carlos Nine con su acervo de Bellas Artes, y también de Calé: la pretensión y la Ilustración europeas, y la picaresca rioplatense.  No lo debe haber buscado programáticamente con su obra, pero en esa síntesis estilística logró decir mucho de su nación.

    [1] el primer encuentro historietístico se había dado en 1992, dentro de la colección Relatos del Nuevo Mundo, dedicada a, ejem, celebrar los 500 años de la llegada de los españoles a América, con el volumen La adelantada de los mares del Sur. Ojalá alguien se digne a traerlo de vuelta (ya que Hotel de las Ideas trae el Lope de Aguirre de Albiac-Alberto Breccia de la misma colección), porque es un trabajo notable de Carlos Nine.

    [2] Jorge Zentner es argentino: el guionista y escritor vivió más de la mitad de su vida en España (es un exiliado de la última dictadura cívico-militar), pero conserva la nacionalidad argentina.

    [3] otra coordenada/punto de referencia es otro colaborador de Zentner: el tano Lorenzo Mattotti.

    [4] impecable la factura técnica de la edición del libro: se aprecia la rugosidad -incluida la marca- de las hojas que Nine utilizara como papel soporte del original.